El fuego ya está vivo.
La leña, el paellón y el tiempo ocupan su lugar.
Aquí empieza a decidirse cómo irá el día.
Una bebida fría en la mano, un aperitivo a la brasa, alguien que se atreve a beber del porrón.
Esa es la magia de la paella.
Une a las personas alrededor del fuego desde el primer momento.
Y tú no tienes que encargarte de nada.
Solo de estar con los tuyos.
Sin darte cuenta.
Curiosidad, preguntas, anécdotas, cerveza fría y buen humor.
Como con nuestros antepasados, el fuego hace que tus invitados socialicen.
Sin forzar nada.
Que si está bien hecho suena como la lluvia.
Algo cambia.
El olor a leña de naranjo, el fuego en su punto.
Tus invitados se acercan un poco más.
Han comprendido que pueden participar.
Que forman parte del ritual.
Entra el arroz.
El momento crítico.
El control del fuego, el sofrito, el caldo: todo se ha hecho para que el grano absorba el sabor.
Si sale mal, no hay vuelta atrás.
El caldo borbotea.
El cocinero hace ajustes y el fuego responde.
Alguien prueba.
Un segundo de silencio.
Luego llegan las miradas, los comentarios,
Algunos comen directamente del paellón porque tú les has dado ese sitio.
Se aplaude al anfitrión en reconocimiento de la organización y algún invitado pregunta si puede repetir.
Entonces, sabes que has acertado.
Y que la espera ha valido la pena.
Sino de tu gente.
Platos que van y vienen.
Conversaciones mezcladas.
Por eso un día de paella es especial.
Y tú lo ves pasar sabiendo que nada es casualidad.
Nadie tiene prisa.
Llegan los postres, el carajillo, alguna copa más.
El fuego ya no está, pero algo sigue encendido.
Has creado un recuerdo.