Durante mis años en Alemania, los domingos hacíamos paella.
Era una forma de estar cerca en tiempo de la pandemia.
Un día, una amiga de mi prima me pidió que fuera a cocinar para el cumpleaños de su padre.
Éramos unas 20 personas. Fue algo bastante improvisado.Pero la gente no se quedó esperando a comer.
Se acercaban mientras cocinaba, preguntaban, comentaban, se quedaban ahí.
En ese momento entendí que no era solo la paella sino todo lo que ocurría alrededor. Empezaron a llamarme para más eventos.
Cumpleaños, bautizos, incluso una boda en una carpa de circo.
Me lo estaba pasando bien.
Y veía a la gente disfrutar de algo muy nuestro, algo que no necesita explicarse demasiado para entenderse.